lunes, 6 de abril de 2009

Necesidad de Conquista


Brioso viento del sur, gélida bruma mañanera, el arrullo de una inmensidad calma bajo la nave, el crujir de la madera, provenía de una estructura ruinosa y desconfiable. La sal endurecía los revoltosos y abundantes bigotes del Capitán y ayudaban a los inquietos dedos a darle la forma deseada.
Ojos llenos de horizonte, intentando extenderlo, anticipaba el futuro, la curiosidad crispaba su grasosa cabellera.
La tripulación dormía y él firme y con la vista fija como mascaron de proa.
Un viejo trozo de pan revivía las ensangrentadas y dolorosas encías e intentaba hacer circular nuevamente saliva entre los filosos y escasos dientes que afloraban en cada vaivén de la inaceitada mandíbula.

La erguidez ya no era la de horas atrás, la desesperanza hincaba punzantes clavos sobre sus espaldas, la desilusión viajaba como hormigueo por sus muslos y descansaban en sus callosos pies. Mano sobre mano tras su espalda, dedos sobre dedos y dos de ellos jugando con el anillo dorado conseguido en su último arrebato en tierra.
Silenciosa espera, tranquila desesperación, su pecho todavía henchido de ilusión, los pies quizás por su sepultura bajo las calurosas botas de cocodrilo regaladas por su madre, quizás por la espera, comenzaron a sudar, la cadera empezaba a molestar en forma persistente, tornando la situación un poco mas agobiante. El sentarse generaba inseguridad, al reposar todo se hace mas lento, y el objetivo parece inalcanzable.
Algún navegante levantose, generando mayor ansiedad, ya amanecía y el todavía esperando, el horizonte no aparecía y el destino era lejano.
Ya a esa altura hasta las cejas le pesaban, la sangre parecía no caber en sus venas, el aire, para el, comenzaba a escasear, el estomago jugaba a “retuerce y afloja” y siempre perdía, el castigo: dolores groseros, sus piernas hacían un esfuerzo inhumano por sostener lo insostenible.
La desazón estaba a minutos de conquistar al Capitán, la vergüenza futura cada ves era menos importante, la carcajada general por el fracaso era cada minuto menos relevante.
Estaba a punto de asumir la derrota y la responsabilidad que esta conlleva, cuando un grito llego desde “el cielo” y parecieron abrirse las nubes y dejar salir esa vos celestial... ¡TIERRA!... todas sus molestias y dolores momentáneamente desaparecieron, pero la ansiedad estaba al máximo nivel, “El Coloso” avanzaba lentamente cortando las olas, acercándose metro a metro a una playa desierta, virgen, inexplorada, llena de posibles aventuras, el conquistador subido ya al bote pequeño para ser el primero en pisar esas arenas, a esta altura “sagradas”, una ves la distancia no fuera tan riesgosa, zarpo el pequeño bote con cuatro tripulantes mucho menos emocionados que el capitán, que lo miraban azorados como sus ojos se le salían de la cara y la sonrisa contenida sostenida como con ganchos invisibles en sus comisuras. Faltaban unos 10 metros para llegar a la playa cuando la posibilidad de “hacer pie” obligo al conquistador y su emoción a bajarse del barco arrimador, ante la mirada incomprensiva de su tripulación que esperaba el abrazo simbólico con la “Tierra”, continuo su tranco ligero, cruzando toda la playa, hasta el primer bosquecillo, en los últimos metros de arena, sin menguar el paso veloz, con manos hábiles comenzó a desatar un incomodo cinturón y bajándose el pantalón descargo sobre el primer arbolito toda su reserva, un inacabable chorro amarillento, dibujando sobre el rostro del capitán la sonrisa mas grande jamás vista, Un río de alivio circulo por sus músculos entumecidos, irradiaba alegría y satisfacción, hasta una pequeña risa se le escapo entre los dientes.
Una ves finalizada la “misión”, volvió sobre sus pasos, sin palabra alguna se subió al bote, y ordeno la retirada a los confusos pero fieles marinos que se aprestaban a la travesía por tierra firme.
Subieron a la nave y entonces ahí el capitán con vos firme sentencio: ¡Alcen anclas, icen velas, 20 grados a babor rumbo norte! ¡Vamos que tengo necesidad de conquista!
Pintor Catalán.

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